Recuperar el tiempo propio
Carlos Fresneda
Revista Integral
La tecnología iba a permitirnos vivir la sociedad del ocio, pero estamos agobiados por el estrés y las prisas. Ante esto, muchos movimientos sociales reivindican el derecho a la lentitud.
Relojes: el tiempo encapsulado. El grillete en la muñeca. Velocidad coercitiva, apremiante, cruel. Eficiencia por encima de todo. Tiempo occidental: lineal, rígido, masculino, ejemplificado en el reloj, marcando tediosamente los segundos. Cuenta, cuenta, cuenta...».
Contamos mentalmente con Jay Griffiths, filósofa del tiempo. Experimentamos en carne propia la tiranía del tic-tac. Seguimos el avance mecánico de los segundos como si bailáramos al son de un marcapasos, ajenos a nuestro propio corazón. «Ahora escuchemos a la naturaleza, con sus ritmos cíclicos, femeninos, fluyendo como un río, flexible, exuberante, inagotable, eterno».
Llevábamos años tras la estela de Jay Griffiths, afincada en Gales y autora de Pip, pip, el libro que destripa la obsesión de los humanos por encapsular y controlar el tiempo. Nuestros destinos se cruzaron a orillas del lago Michigan, en la primera conferencia de Take Back Your Time, (TBYT), el mayor cónclave mundial de activistas del tiempo. «El tiempo es poder», nos recuerda Griffiths. «Los monasterios benedictinos del siglo XVI empezaron a tocar las campanas y a regular los días y las noches según el dictado cristiano.
La Revolución Industrial creó luego a los ‘propietarios del tiempo’: los capitalistas que poseían fábricas, que erigieron barreras laborales y horarias, y empezaron a regir nuestras vidas». Digamos que Jay Griffiths marcó la pauta, que no el tiempo, en la conferencia de Take Back Your Time, la asociación americana que convoca desde hace dos años el día de los «relojes caídos»: 24 de octubre, aniversario de la implantación de la jornada de 40 horas semanales, allá por 1940... «¿Recordáis cuando nos decían que las máquinas trabajarían por nosotros, que a finales de siglo estaríamos en las 20 o 25 horas semanales?», pregunta ahora a la audiencia John de Graaf, el alma de TBYT. «Pues aquí estamos, trabajando 200 horas al año más que en 1970, superando alos japoneses y marcando nuestro trepidante ritmo al resto del planeta.
El tiempo se ha convertido en el bien más escaso en los países ‘desarrollados’. La presión es insostenible, y la están pagando nuestros niños, las familias, las madres trabajadoras... ¡Todos!». John de Graaf, de sangre holandesa, propone a los norteamericanos algo inusual: «Tenemos que aprender de Europa y ondear la bandera del Estado de bienestar. Debemos evolucionar hacia otro modelo de sociedad, donde la gente pueda elegir entre la afluencia material y la afluencia de tiempo». Pero Graaf tiene acaso una idea utópica de Europa... Según datos de la Organización Internacional de Trabajo (OIT), en Grecia e Islandia se trabaja aún más que en Estados Unidos. España, sin ir más lejos, es el tercer país de la Unión Europea donde más tiempo se pasa en el trabajo: 1.807 horas anuales (tan sólo una «jornada» por detrás de los «supertrabajadores» norteamericanos).
No somos diferentes
Habrá quien diga que España no destaca precisamente por el aprovechamiento de las horas laborales, que en ningún otro país se toman tanto tiempo para comer o para respirar a deshoras el humo de las cafeterías. Pero lo cierto es que somos los últimos en abandonar las oficinas, y que las 40 horas son papel mojado desde hace tiempo.
Por España, se pasó precisamente Carl Honoré, autor de un libro que por fin nos llega después de dar la vuelta al mundo: Elogio de la lentitud. Honoré pudo comprobar «el vertiginoso cambio de la sociedad española», pero supo apreciar también los primeros síntomas de reacción: «Me eché una siesta en Masajes a 1.000 y afronté la tarde con fuerzas renovadas». Honoré también acudió a la cita de TBYT en Chicago, y allí relató sus vivencias: «Todos pasamos por alguna experiencia que nos hace cambiar repentinamente el modo en que nos asomamos a la vida. La mía fue comprobar cómo el ritmo alocado de mis días estaba afectando la relación con mis hijos, hasta el punto de descubrirme a mí mismo saltando páginas en los cuentos para llegar lo antes posible al final. El colmo fue un día cuando, en una de mis muchas idas y venidas, descubrí un libro de cuentos infantiles ‘comprimidos’ en un solo minuto. ‘¡Hasta aquí hemos llegado!’, me dije».
La palabra slow se convirtió a partir de entonces en el mantra personal de Carl, que dejó de lado las premuras del periodismo económico para consagrarse a la búsqueda de la lentitud: «Aunque por el camino descubrí que han fabricado un azucarillo de disolución ultrarrápida para los que no tengan tiempo para mover la cucharilla»... Antes de empezar el periplo, Honoré quiere dejar muy claro que la suya «no es una declaración de guerra contra la velocidad. Hay cosas que está muy bien hacerlas más rápido», afirma, «pero lo que no podemos es convertir la velocidad en una obsesión».
‘Desaceleración’
en el mundo Empieza pues nuestro viaje ficticio por las latitudes de la lentitud, y la primera parada la tenemos en los Alpes austriacos, en Wagrain, donde todos los otoños se celebra la conferencia de la Sociedad por la Desaceleración del Tiempo.
Entre sus cientos de miembros hay doctores, profesores, abogados, artistas y estudiantes en busca de la piedra fisolofal: el eigenzeit (el propio tiempo). Durante tres días, los «desaceleradores» imponen su ley en Wagrain y multan simbólicamente a quien se tome menos de 37 segundos en cubrir la distancia de 50 metros. La multa obliga a volver a cubrir el mismo espacio moviendo los hilos de una marioneta con forma de tortuga. De la tortuga al caracol, símbolo del movimiento Slow Food, que surgió en Roma como respuesta a la invasión de los McDonald´s y que cuenta ya con más de 78.000 seguidores en 50 países.
Convencido de que la impostura contra el imperialismo cultural empieza por el estómago, Carlo Petrini ha puesto en marcha una lenta pero imparable revolución en Italia. Al caracol de Slow Food, se ha unido el movimiento de Cittá Slow: la red de más de cien «ciudades lentas» que levantan barreras al coche y reivindican la reconquista de nuestras calles. En Bra, Italia, surgió también hace dos años Slow Sex, con cientos de miembros que comparten una creencia: el placer se destila más intensamente cuando la relación sexual ocurre a un ritmo natural, sin dejarse arrastrar por las prisas. El sexo, sostienen, tiene una dimensión que va más allá de la satisfacción física y del amor: es una danza cósmica que nos pone en sintonía con la vida. De la dolce vita italiana saltamos a la tierra del karashi, o la muerte por agotamiento laboral...
En pleno Tokio, podemos encontrar el Sloth Club: singular cofradía de la lentitud, con incontables referencias al estilo de vida mediterráneo y un lema ubicuo: «Lo lento es bello». La reacción contra la hipercultura se extiende también de muy diversas formas en Estados Unidos: del nuevo urbanismo que promueve el espíritu comunitario en las construcciones al slow schooling, que suspira por un sistema escolar menos estresante y más adaptado al ritmo natural de los niños. En Seattle se ha puesto en marcha el proyecto de una ecoaldea donde ondeará la bandera del slow. Su impulsora es Cecile Andrews, madrina de los círculos de la vida simple, que sueña con conciliar «la proverbial lentitud de las viejas ciudades europeas» con los principios de la solidaridad y de la integración en la naturaleza.
Recuperar a los hijos
El Foro de la Vida Simple ha sido precisamente el embrión de TBYT, el movimiento que aspira a convertirse en plataforma social y política del tiempo. Los derechos de los trabajadores, el impacto psicológico del estrés, la infancia apresurada, las políticas familiares, el lado oculto del progreso y la ecología del tiempo son temas que afloraron en la primera conferencia de TBYT en Chicago.
Bill Doherty, autor de Taking Back Your Kids (Recuperando a tus hijos), habló de la estrechísima relación entre los desquiciados horarios laborales y las jornadas maratonianas en las que se embarca a los niños, con los resultados que todos estamos viendo: aumento galopante de las depresiones infantiles, epidemia de hiperactividad y déficit de atención, desconexión entre padres e hijos…
Peter Fraenkel, psicólogo y director del Centro de la Familia, el Tiempo y el Trabajo de Nueva York, relató el caso cada vez más frecuente de parejas rotas «por la irrupción de la tecnología en nuestra vida y por esa necesidad imperiosa de estar alerta 24 horas al día, siete días a la semana, despertándonos con los e-mails, durmiendo con los móviles en la mesilla de noche».
El tiempo y la salud fue otro de los temas tratados, con mención obligada a Larry Dossey, el primero en diagnosticar certeramente a las sociedades modernas y esbozar la teoría del «mal del tiempo». Cerramos este viaje circular con Bob Gliner, autor del documental Time Frenzy, que nos hizo ver la íntima conexión entre la hiperproductividad y el consumismo desaforado en las sociedades occidentales y nos trasportó con sus cámaras a una remota aldea marroquí, a los pies del Atlas, donde pervive aún un viejo dicho: «Si vas deprisa, vas con el diablo; si vas despacio, vas con Dios».

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