Reproducción de un articulo de la famosa directora de cine catalana.

Me acaba de parar un señor por la calle. Tendrá unos sesenta años, lleva un polo color crema impecable, pantalón gris no menos impecable, mocasines marrones, pelo blanco bien peinado. Para empezar, me recrimina que no haga películas en catalán y sin dejarme tiempo a ninguna explicación, me espeta que él es un patriota, un auténtico patriota que nunca ha puesto los pies mas allá de Lérida. Aprovecho que se para a respirar (pues la excitación le ha puesto muy nervioso) para decirle que yo no soy patriota. Me pregunta entonces con sorna que si no seré yo como “esos madrileños que se creen ciudadanos del mundo y que sólo entienden el nacionalismo español”, yo le digo que ni soy madrileña ni me creo ciudadano de nada, en todo caso me gustaría ser ciudadana de un país donde nadie te parara por la calle para recriminarte tonterías. Me despido con toda la cortesía de que soy capaz. Tambien con tristeza porque la idea de que hay gente que desperdicia su energía y su tiempo rumiando en las virtudes del patriotismo, se me hace muy cuesta arriba.

En mi lógica particular, yo me siento contenta de haber nacido donde he nacido, Barcelona (especialmente si pienso que de haber nacido en Ulan-Bator o en Bagdag, tendría pocas posibilidades de estar viva), pero dado lo completamente aleatorio del hecho, me parece que carece de sentido sentirse orgulloso de ello. Uno se siente (un poco, tampoco mucho) orgulloso de haber sacado buenas notas en el colegio, de recordar diálogos de “Casablanca”, de cantar sin desafinar demasiado “Misty” o de hacer un arroz con gambas decente, es decir de las cosas que uno se ha currado (y déjenme que les diga que obtener el punto justo del arroz no es moco de pavo) pero no de tener un lunar en la cadera izquierda o de hablar en el idioma en que te hablaban de pequeño: cosas que nos han sido dadas por el mas puro azar.

Durante años he tenido que responder a preguntas de ese estilo hasta la saciedad. Al principio de mi carrera todas las preguntas versaban sobre el hecho que yo era una mujer, despues a éstas se unieron las del catálán y el español. Sinceramente, no creo que ninguna de éstas cuestiones sea relevante a la hora de apreciar (o no) mis películas.

Con ello, no quiero decir que las películas no deban tener sexo u orígenes concretos. Nadie se deja el género o la nacionalidad en el vestuario, cuando se pone a trabajar.
El punto de vista de un autor está empapado de su género, de su origen, de su educación, de sus viajes, de sus encuentros , de sus amores, de sus fobias, de sus manías, de sus lecturas, en fin, de todo lo que hace que cada uno sea cada uno y tenga sus cadaunadas, como decía mi abuela. Resulta que en mis cadaunadas pesan más unas cosas que otras.

A mí me resultaría mucho mas cómodo hacer películas exclusivamente sobre temas femeninos ( pero ¿es que hay temas exclusivamente femeninos?) en catalán o en castellano y rodarlas en la esquina de mi casa. Pero una de las cosas que no está inscrita en mi código genético es el concepto de comodidad, qué le vamos a hacer.
En la colección de ensayos “Roma, Nápoles, Florencia” , Stendhal da una de las más bellas definiciones de patria, al menos una de las pocas con las que sí me identifico:
“La verdadera patria es aquella en que encuentro más personas que se me parecen”.
En esa “verdadera patria” que a lo mejor no existe , no hay banderas (ni grandes ni chicas), se hablan todas las lenguas y nadie se cree mejor o peor por haber nacido un cachito mas acá o mas allá. Y desde luego, nadie se aferra a la idea de patria para machacar al prójimo.

Isabel Coixet
(19/09/2005)