Les importa un bledo que Sardá se haya cogido un año sabático: por ellos, como si no vuelve. Nunca habían visto a Letizia antes de que se anunciase su compromiso con el Príncipe. Tampoco se ríen de las ocurrencias de Buenafuente.

Para ellos, expresiones como "qué pasa neng", "nominator" e incluso "quietorrr, pecadorr de la pradera" son un desconcertante galimatías, porque viven apartados del universo del que proceden. Y no son extraterrestres ni pertenecen a ninguna secta. Lo que les pasa es que han decidido vivir sin televisión. Son pocos, pero los hay. En un mundo donde este medio tiene cada vez más peso -nuevas cadenas generalistas, televisión digital terrestre, proliferación de canales locales y de pago -, los "sin tele" son ejemplares realmente exóticos y, muchas veces, incomprendidos. Alejandro y Ángel cuentan las razones que les llevaron a prescindir de lo que ellos, más que nadie, consideran una "caja tonta".
Hartos del despertador, del estrés de la ciudad y de las prisas, Ángel y Alejandro tomaron una decisión: irse a vivir a un pueblo. Así que compraron una casa en ruinas en la localidad toledana de Orgaz y decidieron rehabilitarla para convertirla en alojamiento rural. Aunque habían renegado de su desquiciante existencia anterior, prescindir de la tele no entraba en sus planes. «No pudimos verla durante meses a causa de las obras -recuerda Alejandro, un madrileño que en su vida anterior era agente de viajes-. Y, cuando por fin terminamos y pudimos ponerla, nos dimos cuenta de que no la habíamos echado de menos. Así que, aunque teníamos la toma de televisión, decidimos no instalar antena y probar a vivir sin ella. De eso hace ya cuatro años, y ni un solo día nos hemos arrepentido de esa decisión».
Y no lo lamentan porque enseguida empezaron a saborear las mieles de su determinación. Se dieron cuenta de que las horas que antes invertían en ver la tele daban mucho de sí. «Yo leo mucho más -asegura Ángel, que dejó sus estudios de Ingeniería y su localidad de origen, Barakaldo, para embarcarse en esta aventura-, devoro novelas de ciencia ficción y él aprovecha para hacer algo que le encanta ¿dormir!». Alejandro confirma entre carcajadas las palabras de su pareja. «¿Ya no me acuerdo de lo que son las ojeras!», confiesa. Aunque son muy jóvenes, acaban de entrar en la treintena, la sensación de levantarse muerto de sueño por haberse quedado «hasta las tantas viendo la tele» ya solo es para ellos un lejano recuerdo archivado en la memoria. Sin embargo, para la mayoría de la población es el pan nuestro de cada día, una rutina que nadie discute y cuya desaparición permitió a Alejandro y Ángel aprender a hacer un montón de cosas: cemento, jabón, bordado de toallas, recuperación de muebles antiguos, horticultura, repostería «Por ejemplo, ayer por la noche hice una tarta de natillas y cuajada. ¿Para eso sirve no tener tele!», dice Ángel, orgulloso junto a su obra, a la que le falta una considerable porción que se ha zampado en el desayuno.

En Orgaz, la primavera ha dejado de intuirse para estallar de forma brutal, con brotes verdes y olor a tierra que se despereza tras un duro invierno. En ese escenario, la televisión quedaría como un gazapo. Pero no tener tele tampoco significa vivir en una burbuja. «Estamos muy informados: leemos periódicos, revistas, usamos mucho Internet Si queremos ver una peli o un documental, vamos al cine o lo vemos en DVD. Aparato tenemos, pero antena no», aclara Ángel.