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Este portento vocal fue una auténtica figura de la lírica durante la primera mitad del siglo XX, pero no del mismo modo en que lo fueron, por ejemplo, Luisa Tettrazini u, hoy día, Monserrat Caballé. La Jenkins ha sido redescubierta para el público español por el programa de RNE Clásicos Populares que la incluyó en una sección humorística creada para atraer la lluvia, a la vista de la pertinaz sequía del pasado verano.

La Jenkins es un misterio. Su voz pavorosa, de timbre imposible, su incapacidad para seguir un tempo determinado, pesadilla de pianistas (que se amparaban tras disparatados seudónimos como Cosme McMoon); su aparente felicidad e impermeabilidad a las críticas y al sentido común, sorprendieron a la alta sociedad neoyorquina durante decenios. Ofrecía recitales anuales en el Ritz-Carlton de Manhattan frente a una asombrada concurrencia que se preguntaba si asistía a una broma de mal gusto, a la aparición de un ángel de inocencia dulcísimo pero de voz demoníaca o a una mezcla de las dos cosas.

Lo cierto es que La Jenkins llegó a llenar el Carnegie Hall en 1944 y sus “obras” se encuentran recopiladas en varios discos, muy difíciles de encontrar a no ser en las inútiles y malvadas redes P2P. Según dicen, murió convencida de su arte. No sería complicado encontrar parecidos razonables con algún artista de nuestro tiempo, pero eso se queda en el magín de cada uno.