
La frecuencia de la actividad sexual ha preocupado siempre. Hace tiempo, porque se temía que un exceso de práctica perjudicara la salud del cuerpo y del alma; en nuestros días, porque inquieta no estar a la altura de las circunstancias y no ser “normal” por quedarse cortos.
Siempre existieron criterios para determinar la frecuencia que se consideraba aconsejable o no. En el Talmud se señalaba que cuando un hombre tuviera una actividad que se lo permita (no ser marinero, por ejemplo, pues estaría ausente de casa largos periodos de tiempo) debería tener relaciones sexuales a diario. Una de las cartas de San Pablo a los Corintios recomienda que haya acuerdo entre los esposos para mantener relaciones sexuales todo lo frecuentes que fueran necesarias para evitar que la abstinencia generase tentaciones pecaminosas.
Posteriormente, cuando arraigó entre los cristianos la idea de que el placer era pecaminoso y había que mortificar el cuerpo, se limitaron los contactos sexuales a las ocasiones en las que se considerase la posibilidad de tener descendencia y a días que no fueran considerado santos. Más tarde, cuando se añadió el temor a que el placer sexual fuera dañino para la salud, se limitaron al máximo las relaciones sexuales para evitar deteriorar el vigor del cuerpo.
¿Qué es lo normal?:
Lo cierto es que el concepto de frecuencia normal requiere asumir como ciertas tres ideas:
1ª. Que existen frecuencias normales y anormales
2ª. Que existe un punto de frecuencia normal de referencia
3ª. Que todos tenemos las mismas necesidades sexuales.
Pero ninguna de ellas lo es. Porque no existe un límite de frecuentación sexual que se pueda considerar como normal. ¿Cuánto lo es: tres veces al día, a la semana, al mes, al año? Y, sobre todo ¿quién establece el límite y con qué criterios?
Imaginad que tres mujeres “necesitan” tener relaciones sexuales 2 veces a la semana, 2 veces al mes y 2 veces al año, respectivamente, para sentirse satisfechas. Ahora suponed que decidimos que lo “normal” y saludable es tener relaciones 2 veces al mes y obligamos a las tres a tenerlas así. Encontraremos que aunque las tres estén manteniendo el mismo número de contactos sexuales “normales”, la que necesita hacerlo 2 veces al mes estará encantada porque actúa de acuerdo con sus verdaderas necesidades, pero la que necesita hacerlo 2 veces a la semana estará por debajo de las suyas y la que lo necesita 2 veces al mes lo hace por encima de lo que necesita.
¿Qué demuestra este experimento simulado? Que no hay UNA frecuencia normal. Que cada cual tiene la suya; y es tan normal como la de cualquier otro porque satisface sus propias necesidades.
Hay que negociar:
Pero se dan otras circunstancias. No podemos olvidar que las relaciones sexuales son habitualmente cosa de dos, por lo que, siguiendo el ejemplo anterior, tres hombres con idénticas necesidades sexuales que las mujeres referidas antes, complementarán a éstas si coinciden en tales necesidades.
Las tres parejas mantendrán relaciones sexuales con una frecuencia diferente entre sí, pero “normal” en los tres casos porque se ajusta a sus necesidades. ¿Pero qué sucederá si se emparejan justo a la inversa? Que sólo estará perfectamente acoplada la pareja que se frecuenta sexualmente dos veces al mes. Las otras dos estarán desajustadas.
Eso nos dice que la definición de frecuencia normal queda también entorpecida porque no todas las personas tienen los mismos deseos sexuales, ni se emparejan simétricamente. La frecuencia sexual deberá negociarse en la mayoría de las parejas, lo que significa que uno de sus miembros siempre estará algo por debajo de sus necesidades y otro por encima. Las generalizaciones aquí no sirven de mucho.
¿Quién lo hace con mayor frecuencia?:
Hay algún dato que revela una diferencia real en la frecuencia de relaciones sexuales en función del sexo y de la orientación sexual de cada cual. Lo hacen con más frecuencia que nadie las parejas homosexuales masculinas; las de homosexuales femeninas son las que menos lo hacen; y las parejas heterosexuales se encuentran en un punto intermedio.
No es este el sitio para discutir las razones de estas diferencias. Pero tal parece que la condición masculina (por biología o condicionamiento cultural) favorece una mayor frecuencia y la femenina lo contrario; cuando varones y mujeres se unen... tienen que negociar; por eso se sitúan en un punto intermedio. Y estoy generalizando, habrá, sin duda, numerosos casos particulares.
Pero lo que esto demuestra es que la frecuencia de las relaciones sexuales no depende de una misma sino también del otro. Como no resulta fácil que se emparejen personas con el mismo nivel de tensión sexual siempre será necesario establecer una negociación respecto a la frecuencia. Ese acuerdo al que cada cual llegue constituye “su” normalidad. Que es tan buena como la del vecino si mantiene a ambos miembros de la pareja razonablemente satisfechos. Aunque, como en todo acuerdo, tendrá que haber cesiones por ambas partes.
Factores que influyen en la frecuencia:
Se sabe que la biología interviene en la frecuencia: “lo hacen” más las mujeres con altas concentraciones de testosterona en su sangre (también se masturban más). Pero se ha comprobado que incluso bajo esta influencia biológica, la cultura induce fuertes modificaciones. Así, el deseo de pertenecer a un grupo y perder la virginidad acelera el tiempo de la primera relación sexual, y la religiosidad retrasa el inicio en las prácticas sexuales de chicas con testosterona elevada.
También se ha comprobado que la simple disposición de tiempo -por causa del trabajo, por ejemplo- ejerce mayor influencia en la frecuencia de relaciones sexuales que la propia testosterona. Por eso, jornadas extenuantes de trabajo y el esmero en el cuidado de la prole reducen la actividad sexual de cualquier pareja sana. Si a eso se añade que no siempre los dos miembros de la pareja estarán sometidos a las mismas presiones a la vez, en ocasiones se producirán desencuentros que convendrá resolver con sinceridad y una buena dosis de humor.
Sólo cuando exista inapetencia por ambos miembros de la pareja o por uno, sin que concurran los factores mencionados, durante largos periodos de tiempo (meses), puede entrarse a valorar la posibilidad de que existan otros elementos personales que influyan en ese sentido y entonces convenga una intervención profesional.

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