Hoy por hoy, siguen siendo las familias las que suelen hacerse cargo de sus mayores y enfermos, invirtiendo una parte importante de tiempo, energía y recursos económicos en su cuidado. Esta situación puede pasar factura, por lo que es imprescindible aprender a hacerla lo más llevadera posible.
Cerca del 7% de la población española tiene más de 65 años; según datos del Inserso, en 25 años, los mayores representarán un tercio de los españoles. Estos datos no son más que la muestra estadística del envejecimiento progresivo de nuestra sociedad, y tras ellos se esconde la demanda de atención que precisan un número creciente de ancianos que no son capaces de valerse por sí mismos. Es aquí donde aparece la figura del familiar como cuidador, que palía a base de resignación y buena voluntad la falta de instituciones gerontológicas y de apoyo especializado que se ocupen de sus seres queridos. Semejante situación suele pasar factura, sobre todo si se alarga en el tiempo. No se debe olvidar que hay personas dedicadas durante años y de manera exclusiva a un familiar con Alzheimer, por poner sólo un ejemplo.
¿Cómo hacer que el cuidador no se olvide de sí mismo y vele también por su bienestar? ¿Cómo aliviar la carga que soporta y lograr disminuir el malestar que le provoca? La primera medida es pedir ayuda y no erigirse en una especie de mártir, capaz de aguantar todo lo que se le venga encima. Es imprescindible saber poner límites al cuidado e intentar delegar funciones sin por ello culpabilizarse. Existen asociaciones de familiares con problemas similares y programas de ayuda social de los que no hay que dudar en echar mano. Ellos pueden asesorar y prestar apoyo psicológico en los momentos más duros. Lo mismo puede decirse de los cuidadores profesionales, una opción perfectamente legítima y necesaria para repartir las tareas de atención y, por supuesto, del resto de la familia del enfermo.
Otra cuestión importante es conocer la evolución de la dolencia, porque eso permitirá adelantarse a las dificultades que puedan surgir. Así será posible establecer cambios futuros con una mejor planificación, sin agobios de última hora. Toda la familia debe saber a lo qué se va enfrentar y consensuar las soluciones, desde turnos de cuidados a aportaciones económicas. Si surgen conflictos, se puede recurrir a mediadores que favorezcan el intercambio de opiniones y orienten la toma de decisiones.
Pero a pesar de todo ello, el cuidador deberá hacer frente a momentos de tristeza y desesperación, en los que se sienta cansado física y psicológicamente. La falta de relaciones con los otros, el abandono del trabajo, la imposibilidad de atender correctamente a los hijos, el esposo o la esposa, y el no tener tiempo para uno mismo suelen estar en el origen de este abatimiento. Frente a ello, hay que procurar estar activo, hacer ejercicio y ser tolerante con uno mismo.
Otro aspecto fundamental es saber organizar el tiempo, elaborar un plan de actividades y no llegar más lejos de lo que se puede: los superhombres y las supermujeres sólo están el el cine y los cómics. Así se evitarán la frustración y la culpabilidad. Por otro lado, es mejor no eludir los sentimientos de rabia y enfado. Conviene hablar de lo que se piensa, de lo que duele y de lo que irrita, y alejarse de la situación que provoca estos sentimientos aunque sea temporalmente. En definitiva, puede ser necesario tomarse un respiro de vez en cuando.
También resulta básico que el cuidador se preste atención a sí mismo. Frecuentemente, surgen cefaleas, falta de apetito y dolores mecánicos a los que se unen trastornos como insomnio, estrés emocional, ansiedad e incluso depresión. No hay que pasar por alto ninguno de estos síntomas y es importante ponerse en manos de profesionales que los alivien. Porque de nada vale que el cuidador se abandone: se hará un flaco favor a sí mismo y a al persona de la que se ocupa.
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