Los padres de Pablo ya no saben que más hacer. Aunque lucharon por años en contra de la recomendación del médico para medicar a Pablo con el propósito de mejorar su atención en la escuela, cuando al final claudicaron y pusieron toda la esperanza en el medicamento, el mismo no presentó los resultados esperados: los cambios no fueron sustanciales.

Pablo continúa desconectándose en el salón de clases, se le hace difícil seguir instrucciones por lo cual la maestra para ayudarlo se las repite frecuentemente y le coloca la mano en el hombro para que él vuelva a “conectarse”.

Se distrae con los ruidos más insignificantes, confunde lo que se le ha dicho o sólo retiene parte de lo que escucha. Al final del día termina agotado y frustrado porque se siente perdido en el salón. Sus calificaciones no son las mejores a pesar de todo el esfuerzo, las tutorías y las terapias. Sus destrezas de lectura y escritura están por debajo de lo esperado.

Para tener éxito en la escuela no basta con oír (función pasiva), es necesario saber escuchar (función activa). Si el medicamento no ayudó en forma significativa a Pablo, cuyo diagnóstico es uno de trastorno de déficit de atención de tipo inatento, ¿qué otra cosa se podrá hacer?

El caso de Pablo es uno muy común y generalmente refleja el problema de una confusión en el diagnóstico. Las características de Pablo son compatibles con un problema de procesamiento auditivo, el cual se confunde con frecuencia con un trastorno de atención de tipo inatento (ADD por sus siglas en inglés) o con pérdida auditiva, aunque al evaluarlos un audiólogo descubre que oyen muy bien. Oír es una función pasiva mientras que el escuchar, según descubrió el doctor Alfred Tomatis, otorrinolaringólogo francés, es una función activa que implica la habilidad, la intención y el deseo de enfocar en los sonidos.

Un procesamiento auditivo deficiente es uno de los problemas más comunes en nuestros niños en edad escolar y sigue proliferando como una plaga. Un agravante que se ha identificado y que empeora la condición es la exposición temprana excesiva de nuestros niños a estímulos visuales tecnológicos (TV, Gameboy, Nintendo, XBox y computadoras, entre otras).

Mientras los niños desde pequeños se convierten en entes cibernéticos que aprenden visualmente, el sistema educativo tiene como fundamento unas buenas destrezas auditivas, algo prácticamente en peligro de extinción en nuestros niños.

En el interín, los padres de Pablo están en una encrucijada porque aunque hay niños que tienen ambos problemas, el de trastorno de atención de tipo inatento o con hiperactividad y un problema de procesamiento auditivo. Su hijo es un claro ejemplo del segundo.

Pablo es un personaje ficticio… pero muy real y demasiado común. Puede estar en tercer grado, en octavo o ser un joven adulto. ¿Su futuro? Lleno de obstáculos si no recibe ayuda. Como en cualquier otra condición, la intervención temprana puede hacer la diferencia.

La autora es patóloga del habla y directora del Centro Tomatis de Puerto Rico.
Por Nellie Torres/ El Nuevo Día