La impotencia es el tema (junto con el tamaño del pene) que más preocupa a los hombres.

Y también el que permanece más oculto. Acodados en la barra, la conversación puede girar sobre mil cuestiones relacionadas con la entrepierna, pero ninguna aventura que empiece con la pérdida de erección será bien recibida entre los parroquianos. Nos educaron para tener ganas a todas horas y estar dispuestos en todo momento. Además, en un notable ejercicio de simplificación, se acostumbra a identificar sexo con coito, por lo que, metidos en faena, se hace indispensable una buena erección (y si es casi perpetua, mejor). El hombre se siente responsable de aportarla y la mujer de provocarla. Ahí ya tenemos una división de roles que sólo añade tensión a ambos lados de la cama.

Razones blandas

Cuando la disfunción eréctil ataca, lo primero que uno se pregunta angustiado es: “¿por qué? ¿Por qué a mí? ¿Será esto el final?” La mala noticia es que no existen respuestas universales para este problema, mucho más común de lo que parece. Cada caso es un mundo. “En general, los culpables son los trastornos orgánicos o los psicológicos; aunque en muchos casos aparece por una mezcla de ambos”, apunta Francisco Cabello, director del Instituto Andaluz de Sexología y Psicología y autor del libro “Disfunción eréctil. Un abordaje integral”.
En cuanto a los primeros, la palma se la llevan la diabetes o las complicaciones vasculares. En este sentido, un estudio llevado a cabo por los doctores Lorenzo Guirao y Luis García Giralda demostró que, en muchas ocasiones, la disfunción eréctil es el síntoma más evidente de un problema de salud mucho más serio.
En el caso de los segundos, la experiencia es un grado. “Cuanto más joven es el paciente, más posibilidades hay de que el problema tenga una raíz psicológica”, señala Cabello. La disfunción puede estar provocada por razones muy diversas, que pueden deberse al bagaje sexual y afectivo de cada cual. Traumas en la infancia o una mala primera experiencia pueden ser fantasmas difíciles de combatir.

De un grano a una montaña

Pongamos que un día la cosa no funciona. Todo parecía perfecto... hasta que necesitaste una grúa para animar tus bajos. Tal vez haya una razón profunda. Quizás tan sólo se trate de un fallo ocasional. En este último caso, bastaría con quitarle hierro al asunto. Pero no es una empresa fácil.
La siguiente vez que saltes al ruedo puedes padecer lo que los especialistas llaman “ansiedad de ejecución”, un paralizante miedo escénico. Comprobar constantemente que todo esté en su sitio añade al acto una enorme tensión adicional. Se deja de sentir y de disfrutar para enfrentarse a un estresante examen. ¿Estará todo bien por ahí abajo? ¿Y si vuelve a pasarme lo de la última vez?
Cuantos más partidos se pierden, más se viene abajo la moral del equipo. Y nadie comparte las derrotas. Esos fallos se convierten en un secreto demasiado pesado. “La autoestima se ve muy afectada. Muchos hombres optan incluso por eludir las relaciones sexuales. Se van a dormir antes o después que sus parejas para evitar el sexo. No quieren reconocer el problema y, cuando lo admiten, muchos caen en la depresión”, explica Cabello. Según Miguel Ángel Cueto, director del Centro Psicológico de Terapia de Conducta y autor del libro “Sexo en la pareja”, “un 38% de los pacientes evita tener relaciones. Quien padece disfunción eréctil, lo hace en soledad, sin atreverse a solicitar ayuda”.
Pocos son los valientes que se atreven a confesar en la consulta de un médico. “El 89% de quienes afirman sufrirla, ni han pedido opinión a un especialista ni han buscado los medios para resolver su problema. Intentan así reducir la importancia de la disfunción, negar su presencia, o aprender a vivir con ella”, ilustra Cueto.
Lo cierto es que los médicos tampoco facilitan mucho las cosas. En los últimos tres años, sólo un 6% de los galenos españoles hicieron preguntas sobre problemas de esta índole a sus pacientes. Una cifra irrisoria, sobre todo si la comparamos con el 21% de los médicos egipcios o el 14% de los estadounidenses.

Daños colaterales

“la mayoría de los pacientes acuden a la consulta porque han recibido un ultimatum de su pareja”, comenta Cabello. Y es que la impotencia afecta a la mujer más de lo que podríamos pensar. En una primera fase, incluso es posible que se culpe a sí misma de la situación (“ya no le gusto”, “seguro que tiene a otra”, “no lo debo hacer bien”, “últimamente he engordado”...). Mientras la cabeza de él hace esgrima con su hombría, la de ella se enfrenta a complejos y traumas. Y eso crea un abismo que se puede agrandar a medida que pasa el tiempo. “Minimizar la importancia de un problema sexual, puede conducir a la ruptura emocional. No hay que olvidar que el sexo también es una forma de comunicación y, cuando ésta se rompe, comienza a formarse una laguna en la vida de la pareja”, apunta Cueto.
Por ello, son cada vez más las mujeres que llevan de la oreja a su media naranja a la consulta del especialista. No es casual que este año la embajadora de la campaña para la disfunción eréctil de Levitra sea una mujer, Jerry Hall, la ex de Mike Jagger. El mensaje es claro: no es un problema que afecte sólo al hombre. En realidad, algunos especialistas aseguran que es muchas veces la mujer la que debe coger la sartén por el mango (o lo que quede de él).

Saliendo del túnel

Aunque todo parezcan malas noticias, también las hay buenas. Existen soluciones para todos los problemas planteados. Hasta hace unos años eran un tanto extremas (el paciente debía ponerse una inyección justamente ahí, en la zona afectada por la caída). En la actualidad, (demos gracias a la Ciencia) existen tres fármacos orales muy efectivos.
Si el problema es leve, tal vez unas cuantas actuaciones estelares disipen los miedos. De todas formas, lo mejor es la terapia combinada, que incluye medicación y sesiones con un psicólogo. En éstas, el especialista acostumbra a recomendar, en una primera fase, que el hombre se olvide completamente de su pene y se concentre en otro tipo de placer. Más adelante, puede dedicarle algunas caricias. Finalmente, cuando consigue que la tensión por la erección desaparezca, ya se puede enfrentar al coito (normalmente con la ayuda de fármacos). “Es un proceso en el que se entrena al hombre para perder el miedo”, explica Cabello. De esta forma, se consiguen resultados a largo plazo y el paciente no depende exclusivamente de la pastilla. Eso sí, en casos de enfermedades crónicas, seguramente nunca podrá abandonar el tratamiento farmacológico.
Sea como sea, el primer paso para solucionar el problema es reconocerlo y buscar la ayuda de un especialista. Ocultarlo o negarlo son sólo formas de alargar una agonía que cobra una factura muy alta en la autoestima masculina.

Las pastillas del amor

La pionera fue Viagra, que se hizo rápidamente popular. Pero ahora ya no está sola. Levitra y Cialis se han sumado al grupo. “Todos son efectivos y no hay un criterio estricto para recetar una u otra. Dependerá de cada paciente”, aclara el doctor Ignacio Moncada, responsable de la Unidad de Urología del Hospital Gregorio Marañón y presidente de la Asociación Española para la Salud Sexual. Este especialista nos ayuda a echarle un vistazo al botiquín.

Viagra
Tarda aproximadamente una hora en hacer efecto. Su acción se prolonga durante unas cinco o seis horas. Si se mezcla con comidas muy grasas o con alcohol, puede perder su efectividad. Algunos posibles efectos secundarios: enrojecimiento facial, dolor de cabeza y alteración visual (el famoso efecto azul).

Levitra
Hace efecto en tan sólo media hora y dura entre cinco y seis horas. Las comidas no suelen interferir en su buen funcionamiento y sus efectos secundarios son escasos.

Cialis
Sus efectos se notan a partir de las dos horas de haberla tomado, y se alargan hasta 36 horas. No es extraño que se la haya bautizado como “la pastilla del fin de semana”. Como efectos secundarios, en algunos casos, se ha detectado enrojecimiento facial, migraña y dolor muscular general o de espalda.

fuente:Menshealth.es

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