Augusto Pinochet murió en Santiago. Con él se va un icono del terror que reinó en Chile durante una dictadura que dejó miles de muertos y desaparecidos. Pinochet falleció el día en que se celebran los derechos humanos.

Salvo sus familiares y un puñado de fieles a toda prueba, pocos lloran la partida del nonagenario ex dictador Augusto Pinochet. No murió en el olvido ni en la pobreza, pero sí en el descrédito. El gentío que aún lo vitoreaba a su regreso de Londres, cuando logró zafarse del lazo justiciero de Baltasar Garzón, se fue quedando en silencio al desmoronarse incluso el mito de la honestidad financiera de la dictadura militar chilena, con el descubrimiento de las cuentas secretas del dictador en el banco Riggs.

La vida sigue igual

Políticamente, Pinochet había muerto hace ya un par de años. Paradójicamente, fueron políticos nacidos de su propio semillero ideológico los que le dieron la estocada final. Joaquín Lavín, el frustrado candidato presidencial de la UDI (Unión Demócrata Independiente) que se forjó al alero del gremialismo pinochetista, ofició de sepulturero, al desmarcarse del general en su intento de llegar a la Moneda. Cierto es que quedan algunos incorregibles que aún rasgan vestiduras por el general, pero son contados y se los mira prácticamente como fósiles políticos.

Para la derecha chilena, la desaparición definitiva de Pinochet de la faz de la tierra podría suponer, en consecuencia, un alivio. Para las víctimas de la dictadura, comenzando por los familiares de los desaparecidos, cierra un doloroso capítulo de la obstinada lucha por hacer justicia a sabiendas de que el capitán general no acabaría en un calabozo, sino en una cama de hospital. Para la contingencia política del país, en cambio, no representa una cesura de ninguna especie. El gobierno de la presidenta Bachelet seguirá adelante, lidiando con escándalos de corrupción y otras hierbas amargas, mientras la oposición continuará intentando amalgamar una alternativa sólida que presentar al electorado.

La hora de la historia

No obstante, la muerte de Pinochet marca un cambio: lo convierte ya en figura del pasado, a la espera del tan socorrido "juicio de la historia". Los años trascurridos desde el 11 de septiembre de 1973 otorgan cierta distancia para intentar al menos una mirada más desapasionada, aunque la objetividad probablemente quede vedada a la generación que vivió el traumático episodio.

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El olvido imposible:

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Discurso Final de Allende:

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La represión ejercida por Pinochet a los opositores a su régimen fue implacable: entre 1973 y 1990 murieron y desaparecieron cerca de 3000 chilenos contrarios a la dictadura, mientras que otras 28.000 fueron torturadas. 'Caravana de la Muerte', 'Operación Cóndor' y 'Operación Colombo' son sólo tres ejemplos de cruentas acciones ordenadas y supervisadas por Pinochet.

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Pinochet accedió al poder en Chile tras un golpe de Estado el 11 de septiembre de 1973. Derrocó al gobierno democrático de Salvador Allende y se convirtió en máximo gobernante, siendo primero presidente de la Junta Militar de Gobierno (1973-1981) y presidente de la República a partir de 1974.

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Allende y el pueblo Chileno: