Entre la vorágine diaria de competitividad y estrés y la vida contemplativa hay un punto intermedio: el Movimiento Slow. Sus dos caballos de batalla: el placer gastronómico por un lado y la reivindicación de ritmos vitales más lentos y meditados, por otro.
Lo que comenzó siendo una reacción a la comida rápida pasó a convertirse en una filosofía de vida y a acaparar todos los ámbitos, incluido el urbano. Existe una red mundial de Slow Cities en las que prima el respeto al medio ambiente, la educación, el control de la especulación y la sostenibilidad.
Sin prisas, sin agobios. Más de 80.000 personas en el mundo (aproximadamente 1.000 en España) ya practican esta forma de vivir la vida.
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Los orígenes del movimiento
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En 1987, el periodista y gastrónomo italiano Carlo Petrini revolucionó el mundo sin saberlo. En un lugar de incomparable belleza como la Piazza de Spagna de Roma, se abrió un establecimiento de comida rápida (fast food): hamburguesas. Su indignación fue tal ante una invasión de tal calado que decidió tomar cartas en el asunto y generar una conciencia colectiva de protección de la alimentación tradicional, tan rica por otro lado en toda la cuenca mediterránea.
Se basaba en productos con tres características principales: buenos (de calidad), limpios (sostenibles y/o ecológicos) y justos (eliminación de la mano de obra esclava a través de la coproducción, un modelo agrícola menos intensivo y más limpio y en el que quedara reflejado el conocimiento gastronómico de las comunidades locales). A esto se añadían algunas particularidades más: saber apreciar la comida, degustarla sin prisas y hacer de la alimentación el primer pilar de una vida menos opresora.
La nueva concepción corrió como la pólvora y dos años después se creó el Movimiento Slow Food a través de un manifiesto titulado "Elogio de la lentitud" y un logotipo con el dibujo de un caracol. Toda una declaración de intenciones que convertía el qué y el cómo comer en una filosofía de vida. La extrapolación al resto de ámbitos propios del ser humano no se hizo esperar.
Slow Cities:
¿se puede vivir de otra manera?
Mientras en muchos países del mundo se formaban los llamados Convivia (grupo de personas que adoptan las teorías de la Slow Food), las palabras de Petrini calaban en la ciudad italiana de Bra, al gestarse lo que sería la primera Slow City (o Ciudad Lenta) del mundo. El movimiento había calado en la política.
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Pero, ¿en qué consiste una localidad de estas características?
• Debe desarrollar una política medioambiental destinada a un desarrollo urbanístico sostenible, donde prime la recuperación y reutilización del territorio. En este sentido, las infraestructuras deben ajustarse a esto siempre que se pueda, en vez de ocupar las áreas libres.
• La tecnología se utiliza para mejorar la calidad de vida, no para empeorarla. Se incentiva también la producción y el uso de alimentos obtenidos con técnicas naturales, además de proteger las producciones autóctonas.
• También deben ser lugares donde se promueva la calidad de la hospitalidad, trasladando estos conceptos al mundo de los jóvenes y de la enseñanza (a través de lo que ya se denomina Slow Schools).
• Y, finalmente, persiguen mejorar la calidad de vida a través de la restricción del tráfico rodado en el centro, existencia de áreas peatonales y no tener más de 30.000 habitantes para que sirvan de ejemplo a las grandes urbes.
¿Hay ciudades lentas en España?
El movimiento Slow Food llegó a España hacia 1994. Actualmente se contabilizan 15 Convivia en España, según Juan Bureo, presidente del Movimiento Slow Food en España.
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Además, un jurado internacional encargado de analizar la existencia y puesta en marcha de los parámetros antes relatados en las ciudades anunciará en breve si varias localidades españolas podrán adscribirse a la red de Ciudades Lentas del mundo: Pozo Alcón y Nigüelas en Andalucía; Palafrugell, Pals y Begur en Cataluña; Mungia y Lekeitio en Euskadi; Rubielos de Mora en Aragón y Bigastro en Alicante.
Esta última es quizá la mejor muestra de cómo se puede cambiar la forma de entender la vida y la convivencia urbana: "Es una de las pocas ciudades que se han salvado de la ruina ambiental de la zona, pues ha mantenido y está haciendo crecer la huerta mediterránea alrededor de la ciudad", explica Bureo. Algo insólito en un lugar como Levante, donde la sobreexplotación de los terrenos y la urbanización a destajo priman sobre todo.
Hoy, existen cerca de 1.000 Convivia y aproximadamente 80.000 personas que siguen este movimiento en todo el mundo. De ellas, según Bureo, en España hay unas 1.000, una cifra que crecerá si alguna de las localidades antes mencionadas entra dentro de la red de Ciudades Lentas.
Sexo, trabajo y medicina sin prisas
A la luz (o a la sombra) del Slow Food-Slow Cities han surgido otras concepciones que reivindican también el apretar el freno ante el ritmo de vida occidental.
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Son por ejemplo:
• El Slow Sex, que defiende el sexo con la caricia, el abrazo y el beso por delante y la recreación en el contacto íntimo entre personas.
• La Slow Medicine: consiste en dedicar el tiempo necesario a cada paciente, algo que parece imposible en los sistemas sanitarios colapsados de Europa.
• El Slow Work, con lo que se quiere dar a entender que tomarse el tiempo exacto para realizar las labores en el trabajo, y no la rapidez, es sinónimo de más y mejor producción. De hecho, en determinados países ya se habla del "downshifting", u opción que toman algunos empleados de ser rebajados de categoría y sueldo para tener más tiempo libre y vivir mejor.
"Nosotros no tenemos nada que ver con estos movimientos", afirma Juan Bureo, "pero estamos dispuestos a colaborar, porque todos buscamos la recuperación de costumbres y existen teorías muy interesantes". Una diferenciación que marca perfectamente el tipo de personas adscrito al Movimiento Slow: "Tenemos el ritmo de vida de todos los demás, pero intentamos cambiar el chip siempre que podemos. Cada uno hace lo que puede en sus ratos libres", comenta.
De hecho, Bureo rechaza cualquier "catalogación" de los miembros: "Nosotros no somos, como nos han dicho a veces, personas que queremos volver al campo. De hecho, es un movimiento tan amplio que convivimos en él muy diferentes almas: gente interesada en la gastronomía, en la agricultura, en la sostenibilidad urbana…".
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